lunes, 10 de diciembre de 2012

Esta Noche salgo


Llega el fin de semana, y con él, el anuncio inevitable de nuestros hijos: “mamá, esta noche salgo con mis amigos”


Esta Noche salgo
Esta Noche salgo

“Enseñarás a volar, pero no volarán tu vuelo. Enseñarás a vivir, pero no vivirán tu vida. Sin embargo… en cada vuelo, en cada vida, en cada sueño, perdurará siempre la huella del camino enseñado” Rabino Edy Kaufman


Llega el fin de semana, y con él, el anuncio inevitable de nuestros hijos mayores: “mamá, esta noche salgo con mis amigos”.
Esta sencilla frase marca la diferencia del concepto actual que tienen muchos jóvenes- por supuesto, y repito una vez más, mayores de edad que -, sobre qué es o no es salir por la noche. Porque, “voy al cine”, “voy a cenar con mis amigos” o simplemente, “voy a ver el partido a casa de Juan”, y llegar a las tres o cuatro de la mañana, para ellos no es salir.

“Esta noche salgo” es mucho más. Es pasar la noche de fiesta y llegar a casa cuando esta amaneciendo, desayunar con tus padres y comentar la noche: dónde y con quién han estado, si lo han pasado bien, si se han encontrado con algún problema , o simplemente, ver el estado – de embriaguez o no- con el que vuelven a casa. De cómo nos encontremos a nuestro hijo podremos saber cómo ha transcurrido su noche.

Esta pequeña conversación, no solo muestra la preocupación y el interés por su salida, sino que abre la puerta a un dialogo, que, les aseguro por experiencia, es de lo más “instructivo” para la educación de nuestros hijos a corto y a largo plazo.

Y después de esta charla fraternal, los padres empezamos el día mientras muestro hijos se van a la cama a descansar, como mínimo, hasta la hora de comer en familia. Eso sí, con ojeras y el mal humor que acompaña a la falta de sueño y el cansancio.

Ahora bien, como es natural, este cambio de concepto de ocio nocturno -que los padres asumimos impasibles como inevitable-, es lo que se convierte para muchos de nosotros cada fin de semana en un dilema sobre cómo actuar, y cómo no, en un motivo de preocupación y desasosiego. “No nos gustan mucho estas salidas, es más, no acabamos de comprenderlas, pero, ¿no son mayores y responsables para que confiemos en ellos?”, nos decimos. ¿No les hemos enseñado a tener la confianza suficiente con nosotros para que nos cuenten dónde y con qué amigos van a pasar esas horas? ¿No hemos hablado con ellos durante largas horas sobre los peligros de la noche y les hemos dado armas suficientes para prevenir los daños físicos y morales que tienen estas salidas nocturnas con seguridad y confianza? ¿No les prevenimos constantemente, muchas veces de manera machacona, sobre los riesgos que supone para la salud el placer atractivo, inmediato, y asequible del consumo de sexo, drogas y alcohol?”.

Solo hay que mirar atentamente esta imagen para comprender alguna de sus razones. Fraccionar de manera abrupta la semana: los días de trabajo y estudio intenso; y el fin de semana de ocio donde se permiten actividades que fracturan la rutina cotidiana, resulta peligroso para el óptimo desarrollo de nuestros hijos. Por ejemplo, un desorden físico derivado del desorden en el horario de descanso y de la “habitual” vigilia del fin de semana.



Aun así, a muchos padres nos cuesta entender y encontrar el quid del buen hacer en la educación de nuestros hijos en este tema.

Mientras unos creen conveniente poner límites para protegerles, e incluso, llevándose por el tremendismo, la coacción, o la imposición, niegan y zancadillean reiteradamente las salidas por la noche por “miedo” a los peligros; otros, aceptan con naturalidad, al mismo tiempo que con unas dosis de turbación, que sus hijos se hacen mayores, y reclaman más libertad.

En ningún momento considero ni “normal” ni “bueno” las salidas nocturnas de mis hijos mayores .Pero yo a su edad estaba casada, vivía independiente y tenía ya dos hijos, y planteaba mi vida coherentemente con la formación cristiana que había recibido de mis padres durante años, con un juico moral propio, con autodominio, y con un uso responsable y comprometido de mi libertad, a pesar de equivocarme muchas, muchas veces.

Simplemente planteo la disyuntiva en la que nos encontramos los padres con hijos mayores que supone correr el riesgo de respetar la libertad de los hijos conscientes de que la formación que les hemos dado durante años, los cuidados físicos y espirituales, y los argumentos de infinidad de charlas que hemos y seguimos manteniendo con ellos, sea lo que les guie por el camino correcto al bien en su vida, LIBREMENTE, y por qué les da la gana. Como dice San Josemaría Escrivá de Balaguer, (Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 104), “los padres que aman de verdad, que buscan sinceramente el bien de sus hijos, después de los consejos y las consideraciones oportunas, han de retirarse con delicadeza para que nada perjudique el gran bien de la libertad, que hace al hombre capaz de amar y de servir a Dios. Deben recordar que Dios mismo ha querido que se le ame y se le sirva en libertad, y respeta siempre nuestras decisiones personales”.

Les hemos educado para convertirlos en buenos hijos de Dios, adultos libres, responsables y autosuficientes, y nos guste o no, hemos de aceptar con confianza su criterio. Saber que sus padres tienen esperanza en ellos, aunque alguna que otra vez nos decepcionen y nos vean derramar alguna que otra lagrima por ellos, les llena de satisfacción y ganas de no defraudarnos.
“Llegamos- nos recordaba S.S. Benedicto XVI, en el Mensaje a la Diócesis de Roma sobre la tarea urgente de la educación, el 21 de enero de 2008-, al punto quizá más delicado de la obra educativa: encontrar el equilibrio adecuado entre libertad y disciplina. Sin reglas de comportamiento y de vida, aplicadas día a día también en las cosas pequeñas, no se forma el carácter y no se prepara para afrontar las pruebas que no faltarán en el futuro. Pero la relación educativa es ante todo encuentro de dos libertades, y la educación bien lograda es una formación para el uso correcto de la libertad. A medida que el niño crece, se convierte en adolescente y después en joven; por tanto, debemos aceptar el riesgo de la libertad, estando siempre atentos a ayudarle a corregir ideas y decisiones equivocadas.”
Educar la libertad de nuestros hijos presupone mucho amor, mucha confianza, mucho respeto (aunque se equivoque), mucha delicadeza al corregirle, muchas horas, mucha oración, mucha paciencia,…..y por supuesto, mucha gracia sobrenatural para acertar.

Por ello, como podemos leer en el trabajo de José Javier Castiella Rodríguez, La vulnerabilidad del menor, “es mucho más aconsejable la conversación pausada sobre el tema, la negociación libre y el razonamiento sobre los riesgos reales, no precisamente coincidiendo con el momento de fijar la hora de regreso una noche sino más bien, haciéndolo coincidir con momentos gratos, en los que la actitud del adolescente es más positiva, abierta y agradecida(… ) Las modas pasan y del mismo modo que se pueden promover, se pueden también atajar. En el caso que nos ocupa, la moda noctámbula es claramente negativa para el óptimo desarrollo de los adolescentes. El mundo de los adultos, que observa y es consciente de los perjuicios que se derivan de la misma, no tiene derecho a permanecer inactivo. Debe promover los resortes con los que liberar al relevo generacional de la sociedad, de la moda perjudicial.”

¡Que nunca un hijo nuestro pueda decir que hemos descuidado nuestra obligación de ayudarles y/o corregirles, por comodidad, ignorancia, miedo, o la nesciencia del que no sabe lo que está obligado a saber!

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